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16.4.07

Hoy quise componer la canción más perfecta del mundo y me quedé en blanco como en un examen que te sabes demasiado bien. Hoy me aparté del mundo por un instante para idear la frase que finalizase la canción definitiva, pero resultaron estar demasiado caras y el kilo de poesía se me va de las manos. Sentado en este portal con la libreta en la mano, acuño palabras demasiado importantes como para salir de su sociedad secreta. Veo la vida pasar con zancadas de gigante y se me vuelve a romper la punta del portaminas en el momento en que la mina es tan corta que se mete para dentro al escribir, una lástima, esa era la última mina. Con la frase en la mente caminé por las calles deambulando, pensando en pedir un bolígrafo prestado, pero con los harapos que llevo por ropa prefiero no hacerlo. Abro el cartón de vino y sigo caminando hasta caer rendido en un banco de la plaza de chamberí. Me duermo entre el frío, las palomas y las miradas de los niños. Sé que mañana no existirá esa frase, ya no me rece la pena recordar ni como me llamo.

31.1.07

Sofía

Busqué lo que quedaba de mí en esa habitación de hotel, y luego la vi, allí tirada, en esa cama de matrimonio con forma de corazón colocada a propósito rozando los ventanales. Sí, estaba muerta, o al menos lo parecía. No fui capaz de recordar nada, ni siquiera cómo había llegado allí. Encendí un cigarrillo y abrí aquel pequeño mueble-bar en ruinas y me bebí la única botella de quince centilitros que quedaba de ginebra. Un único y duro trago, después bajé a desayunar. Café solo y sin azucar, huevos revueltos y zumo de naranja. -Me gustan los hoteles con desayuno intercontinental- pensaba mientras trataba de recordar la noche pasada. Solo recordaba mi coche mal aparcado y la acera mojada de camino al mismo bar de todos los lunes. Regresé a la habitación y ella ya no estaba. Alivio. En lugar de su cuerpo, encontré en aquel corazón con forma de cama un número de teléfono y un nombre. Sofía. Ahora recuerdo, así me dijo el camarero de mi bar que se llamaba aquella chica de la esquina más oscura de la barra. Pero sigo sin entender el desastre de la habitación ni su pinta de cadáver de dos días aquella mañana.